Embarcando en la ciencia personal

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Regreso a este blog para darle uso más testimonial y reflexivo, digamos que diferente a como en los últimos tres o cuatro años (coincidiendo con mi proyecto de tesis y un periplo post-doctoral entre Viena y París) este ha sido más bien un repositorio de contenidos republicando otro tipo de textos aparecidos aquí y allá, entre revistas académicas y otros medios. A diferencia de esa muestra de contenidos recientes ya “trabajados” para otros objetivos (en mi actividad en torno al procomún, la ciencia participativa y la co-creación), cuando comencé en 2007 a escribir aquí hace ya más de 10 años era en cierto sentido alineado con los usos originales del blog personal como bitácora “de abordo”, de viaje reflexivo hacia destinos algo concretos. Como cuaderno de notas radicalmente abierto a pensar y escribir en abierto, supongo. Ha llovido mucho desde entonces, pero como primer paso en lo que me ocupa actualmente como investigador y “commoner” creo que la metáfora o analogía con la navegación puede ser un buen recurso explicativo, y a la vez auto-reflexivo. Supongo que, además, en este auto-ejercicio “retro” vindico un poco aquellos usos blogueros, hoy tan antiguos.

Así como el cuaderno de bitácora es (o solía ser) comúnmente lo que una embarcación incorporaba a sus viajes como diario de actividad, normalmente escrita por el capitán o mando a bordo, el arte de navegar en general puede ser entendido también como sistema de normas y prácticas. Y para el marco comparativo a continuación, puede ser también una buena manera de explicarme en torno al concepto de la ciencia personal y la auto-experimentación, que es lo que actualmente ocupa la mayor parte de mi tiempo académico y también personal. Digamos, por situar bien lo previo a este contexto alegórico, que en los últimos años he podido embarcarme en diversas “expediciones de conocimiento” que eran empresas de investigación científica que partían de unos saberes previos (el estado del arte en una determinada disciplina, en mi caso en el marco de las ciencias sociales, así como otras experiencias previas). Eran expediciones científicas con una embarcación física a priori dotada con todo lo necesario para dicha aventura (esto es, en base a unas herramientas y metodologías determinadas) y una brújula o dirección determinada de antemano (que normalmente requiere -o requería- de unos mapas del mundo y de navegación en los que confiar). Es más, cuando me he embarcado en dichas empresas (primero como grumete sin título alguno, y tras el doctorado, como miembro ya más experimentado de la tripulación) siempre ha sido teniendo bastante claro que se trataba mejor o peor de aventuras en equipo, donde la suma de todos los marineros experimentados, con su trabajo, era necesaria para llegar a buen puerto. Esto es, como un sistema de organización con tareas asignadas a personas concretas, normalmente especializadas, y con un liderazgo de un investigador o investigadora principal (cuestionable o no, según el caso) como la figura con mayor rango al salir de puerto (esto es, el capitán o capitana de la expedición). 

Pese a que este juego de metáforas tiene probablemente sus límites, y alguien que sea conocedor tanto de lo naval como de lo científico podrá identificarlos a medida que lee, digamos para seguir con esta explicación que dichas iniciativas en equipo, navegando-investigando, en mi experiencia pueden diferir mucho en cuanto a las posibilidades, valores, estilo y día a día de la organización conjunta que representan. Ha habido veces en que el mando de la nave consultaba o integraba a una parte de la tripulación en las decisiones que tomaba, mientras que en otros tenía la primera y última palabra sobre qué dirección tomar a cada momento, o cómo lidiar con la climatología adversa y los imprevistos del viaje. En ese sentido, he formado parte de empresas de investigación que han logrado hasta cierto punto su objetivo, a veces incluso sin llegar al destino hipotético aspirado, pero en cambio a otros lugares interesantes. Asimismo, ha habido embarcaciones, tripulaciones y capitanes que no han funcionado en su conjunto, incluso naufragando o volviendo al puerto de origen. Al margen del éxito o no de los resultados, esa experiencia de tripulación, y la de conocer otras expediciones a través de más marineros que lo cuentan o escriben sobre ello, me ha permitido reflexionar sobre lo obvio: en cualquier misión “naval” de conocimiento es importante considerar todos los factores arriba mencionados. Desde las dimensiones de la tripulación (léase equipo de investigación, lab o grupo de científicos) hasta las capacidades (especialmente metodológicas) y motivación de esta parecen determinantes, así como el modo en que se capitanee el esfuerzo de llegar un poco más lejos que otras expediciones anteriores. Esperando que quede suficientemente clara esta analogía previa entre ciencia y navegación (o al menos que siga siendo algo sugerente), ahora me interesa dar un paso alegórico más, para así acabar reflejando algunas preguntas que me hago respecto a la ciencia personal y la auto-investigación. Pero para ello me parece necesario situar bien el concepto antes que nada, ya que la ciencia personal (también llamada auto-experimentación, o de sujetos “n=1”, según la disciplina) diría que es todavía muy desconocida, incluso en círculos científicos. 

Muy resumidamente, la ciencia personal es definida por ejemplo por Wolf y De Groot (2020) como “la práctica de usar métodos empíricos para explorar preguntas personales”. A diferencia de una visión digamos que “tradicional” de la ciencia, en que el investigador opera normalmente desde un interés empírico per se, sin que el objeto de estudio tenga a menudo que ver con su situación personal ni sus motivaciones como individuo, la ciencia personal sería un tipo muy específico de práctica auto-reflexiva, en que alguna cuestión concreta de la propia vida del investigador o investigadora representa su área de estudio. Ya sea por curarse o mejorar respecto a una dolencia o enfermedad crónica, ya sea por optimizar o identificar características o dinámicas personales en relación a la calidad de vida, en principio cualquier persona podría llegar a ser “auto-investigadora”. Este paradigma relativamente nuevo en ciencia (aunque la auto-experimentación tiene una larga tradición desde la Ilustración) no solo implica que el o la investigadora personal decida, por tanto, las preguntas de investigación que quiere responder, sino que además explore la metodología a usar, o analice el tipo de resultados que mueven su empresa. Como decía, y muy especialmente, implica a priori que personas sin un bagaje científico profesional o “académico” puedan también aspirar a ser competentes y llevar a cabo, de manera individual, todas las fases de su investigación “personal”. Algo que al igual que en la ciencia en general puede requerir de habilidades en el manejo de datos, las herramientas para su recolección o de un pensamiento crítico en torno a los resultados obtenidos. Y algo que, dicho sea de paso, podría poner en cierto sentido la práctica de la (buena) ciencia personal por encima en cuanto a democratización de la ciencia de cómo se plantean actualmente muchos de los proyectos de la denominada ciencia ciudadana, todavía a menudo con los ciudadanos como meros sensores o recolectores de datos.

Si aceptamos la ciencia personal como práctica de investigación rigurosa y empírica respecto a uno mismo o una misma, eso implica y promueve que cualquier individuo pueda aplicársela como “amateur” o persona aficionada a la ciencia, embarcandose con sus propios medios en una expedición de conocimiento. Dicha aspiración, que entre otros contextos participativos ha evolucionado en diferentes comunidades como los self-trackers o (ahí va una traducción tentativa) “seres cuantificados”, supone una evolución epistemológica disruptiva, fruto en gran parte del acceso a una variedad cada vez mayor de herramientas digitales y tecnológicas como wearables, apps de salud o bienestar y de registro manual de datos, que siguen apareciendo regularmente en el mercado. Es algo que conecta con toda una serie de estudios en comunidades de auto-investigadores, que en el caso de Quantified Self se origina hace una década en el contexto privilegiado de Silicon Valley y la ideología californiana, donde surge también el concepto de “personal informatics” para el estudio del posicionamiento geográfico, indicadores biométricos, hábitos o rutinas diarias y un largo etcétera de obtención de datos de la esfera personal. Las derivadas en la práctica para mí más interesantes de dicho contexto tienen que ver con dos evoluciones recientes: (1) Un mayor interés desde la ciencia médica y comunidades de pacientes hacia la utilidad práctica de las aproximaciones de sujetos de estudio individuales (n-of-1 o n=1), quienes con la ciencia personal pueden ganar grados de autonomía y conocimiento personal; y (2) Una evolución desde el self-tracking, por hobby o simple curiosidad sobre uno mismo, hacia cuestionamientos y experimentaciones más profundos que permitan un uso abierto, crítico y colectivo de los resultados obtenidos, en conexión con la ideología del procomún y los datos abiertos (en este último caso como ejemplo estaría la plataforma de Open Humans y su comunidad de usuarios). 

En ese sentido, el monitoreo regular de una selección acertada de constantes, actividad u otros indicadores personales tiene desde entonces una derivada principal de selección, apropiación y/o diseño de dichas herramientas para obtener no solo recomendaciones y visualizaciones estándar para usuarios de wearables, sino datos “en crudo” que los y las participantes puedan explorar con libertad y la ayuda de otros peers a través de dichas comunidades. Una de las consecuencias de todo ello es que, por exposición, comunicación y práctica de auto-monitorización, actualmente se está articulando todo un ámbito amplio y diverso de iniciativas individuales de ciencia personal. Iniciativas en que además del uso y desarrollo intensivo de mecanismos de captura de datos personales, este tipo especial de “científicos ciudadanos” (en la medida de sus posibilidades, tiempo y acceso a tecnología) tratan de avanzar en sus preguntas y proyectos individuales con el máximo de rigor que les es posible.  

Llegados a este punto, y retomando las analogías entre navegación e investigación, se pueden establecer una serie de preguntas “meta” o epistemológicas si se consideran las similitudes y diferencias entre la ciencia personal y la “empresa científica” en general (esto es, el modo en que comúnmente se desarrollan los proyectos de investigación, ya sea ésta básica o aplicada). En primer lugar, cabría entender que en ambos casos, como ya he comentado arriba, el destino u objetivo tanto de la expedición naval como del proyecto científico requieren para ponerse en marcha de una embarcación, así como de una tripulación y de un mando o digamos que rol de capitán, quien tiene la última palabra para llegar a buen puerto. Para ello, tras este largo preámbulo, ahí va un recuento no exhaustivo de similitudes y diferencias entre la ciencia personal y la ciencia en general.

Para comenzar, podría decirse que mientras en el caso de la empresa científica habitual hay un capitán y una tripulación o equipo con funciones específicas, en el caso de la ciencia personal los participantes suelen ser personas individuales, y por tanto una única quien debe reunir todos los roles y tareas necesarios a bordo. Dicho de otro modo: cuál va a ser el destino y objetivo último de la empresa, decidido a priori o a medida que se avanza, corresponde en la ciencia personal a un único navegante, que pueda a medida que avanza ser capaz de superar obstáculos, interpretar la información que genera durante el trayecto y llevar a cabo las tareas (en este caso tanto intelectuales como técnicas) que vayan a requerirse para navegar con éxito hacia algún lugar interesante. Como segunda consideración en esta reflexión alegórica, en la ciencia personal se puede decir que el capitán que va a navegar “solo” opte por una embarcación de pequeñas dimensiones, al menos en sus primeras expediciones. Un tipo de embarcación que tenga proporcionalmente los mínimos elementos maniobrables para una sola persona (tal como suele suceder en modalidades de vela como el windsurf o el patín catalán). La primera pregunta a hacerse en ese sentido sería, ¿puede una modesta o pequeña embarcación aspirar a llegar muy lejos en su expedición? Si se compara con grandes barcos, con toda una tripulación a bordo y los medios más modernos para navegar grandes distancias, la respuesta más lógica sería negativa. Sin embargo, es sabido que existen competiciones internacionales. como por ejemplo la vuelta al mundo de navegación en solitario, que compensan las limitaciones de un solo tripulante con los mejores y más sofisticados diseños de naves, y toda la tecnología punta necesaria para una navegación eficiente y segura. Algo similar a las capacidades cada vez mayores de la tecnología accesible en el mercado para registrar pasivamente datos biométricos, así como para registrar otro tipo de datos manualmente sobre estado de ánimo, hábitos o actividades diarias, así como para visualizarlos y analizarlos cómodamente sin necesidad más que de un navegador web o programas específicos.

En segundo lugar, si tomamos la premisa ya apuntada de que no resulte necesario ser un profesional de la navegación ni un capitán experimentado (sino que cualquier persona pueda llegar a navegar por sus propios medios, en la dirección de investigación que desee o que necesite), otra consideración que me parece importante es que ese tripulante-investigador de un pequeño barco deberá ir aprendiendo progresivamente, y sobre todo mediante la práctica, a controlar su barco para hacerlo llegar a donde se propone. Pero también junto a otros: a diferencia de la ciencia de grandes embarcaciones y ambiciosas metas y descubrimientos, que suelen cruzar largas distancias en el mar (y solo saber de otros barcos similares por el radar o la radio), el fenómeno de la ciencia personal, en tanto que surgido y llevado a escala en comunidades de práctica, se entiende mejor actualmente como una serie de playas, ensenadas o puertos en que constantemente zarpan y llegan pequeñas embarcaciones individuales. 

Imaginemos una playa o puerto y decenas de embarcaciones individuales a manos de gente con diverso grado de experiencia. Ya sea por familiaridad o por imitación, el conocimiento colectivo sobre cómo navegar puede pasar así de ser implícito a explícito, compartido mientras unas personas navegan en una dirección, otras en otra – cada una con barcos similares, mejor o peor dotados para tratar de llegar hasta donde cada una puede. Claro está, llegados a este punto, que un barco puede alcanzar o no su objetivo en función de muchos otros factores, incluidos externos como la climatología o lo fidedigna que sea la carta de navegación. Habrá, en el caso de la ciencia personal, varias de estas embarcaciones que den enseguida media vuelta, o que no lleguen a donde querían sino a otro sitio, o que visto lo complejo de la navegación individual, se aparten y dejen sus naves olvidadas. Los y las investigadores personales, por norma general, no son profesionales de la navegación, su curva de aprendizaje y necesaria experiencia pueden distar mucho de las requeridas para grandes expediciones. Al mismo tiempo, es tentador pensar cómo un grupo de pequeñas embarcaciones, especialmente si tienen planes de navegación similares, pueden motivarse, aprender y ayudarse mutuamente para, poco a poco, ser más competentes navegando las procelosas aguas de la (auto)investigación. Esa es al menos la hipótesis de partida.

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